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Reflexiones de un caminante

Ya se encontraba en el lugar indicado por los grandes poetas y escritores, ante los espinos blancos y rojos en flor, en un inmenso liso prado verde florecido, y miraba. Miraba y no veía nada, miraba y no podía ver más allá de la fina y brillante dorada capa de rocío que lo envolvía. Le resultaba maravilloso para la vista, pero contrariamente agobiante para la mente. No era debida a aquel rocío su ceguera, pues era una ceguera de corazón y mente, interna, porque realmente no quería ver nada más. Trataba de encontrar respuestas para las incomprensibles desventuras y contrariedades de su vida, que le dejaban impotente, como si estuviera atado de pies y manos y tuviera que resignarse a sufrir la terrible tortura fruto de una incomprensible ira del destino, hasta que no pudiera aguantar más y se quebrase como una rama seca por el fuerte temporal. Quería reflexionar, entender, encontrar una razón para seguir adelante con su vida o para seguir creyendo en quien fuera que se suponía que le había creado y que velaba por él, alguien que parecía no seguir a su lado.

Por todo esto se encontraba allí, en soledad, en una cordillera perdida que parecía ajena al resto del mundo, pues el propio ambiente y la atmósfera que se respiraba era distinta a cualquier otro lugar terrenal. Una fina niebla, una humedad agradable en el ambiente, y un ligero viento frío de montaña eran, junto con el murmullo del bosque, lo único que podían percibir los sentidos. Allí había una paz única y unidad entre todas las cosas, que le hacían sentir parte de aquella bella tierra. Conforme caminaba por entre aquellas montañas, le venían recuerdos de toda su vida, pero sobre todo, recuerdos recientes, que eran los que más le herían y atormentaban. Se acordaba de su familia, a la que nunca volvería a ver, y de sus amigos, perdidos también por el paso del tiempo hacía mucho.

Con todos estos tristes recuerdos en mente, se topó con una modesta torre de piedra, la cual parecía haber aparecido de la nada, sin ningún camino cerca o marca de vida humana reciente. Espabilándose de repente, se encaminó tediosamente hacia ella, apoyándose en su bastón, pues estaba en una zona más elevada, al filo de un barranco. Cuando llegó, empujó una gran puerta de madera que se abrió con una facilidad sorprendente, teniendo en cuenta el gran tamaño y condiciones en las que se encontraba. El interior era muy hogareño y, para sorpresa del extraño, había un fuego encendido, muy luminoso e intenso. En el momento preciso en el que iba a preguntar en voz alta si habitaba alguien allí, una profunda voz proveniente de detrás le saludó primero, y le invitó a descansar a su lado junto al fuego. Se trataba de un anciano con una espesa barba y blancos cabellos, vestido con una larga túnica morada y dorada, con dibujos que parecían las fases lunares. También portaba unos curiosos collares. Uno era un reloj rematado en plata y oro y, el otro, una chapa con un texto que decía: “vitae vesperam”. Muy sorprendido, el caminante se presentó tartamudeando pues, además, la presencia de aquel habitante era muy imponente. Éste hizo lo propio, pero de forma más solemne, y resultó llamarse “Labilis”. Entonces, éste le preguntó al caminante que qué era lo que buscaba en aquellos lares y, como si extrañamente ya conociera a aquel hombre de hacía mucho, aquel caminante le contó lo siguiente:

“Hace tiempo que perdí a mis seres queridos, familia, amigos… Unos por enfermedad y epidemias, otros, por las guerras contra el Norte, y la mayoría, por el paso del tiempo, pues la vejez es un enemigo al que nadie ha podido vencer. Por cada compañero que moría a mi lado en el frente, por cada familiar que moría por enfermedad, por cada alma de mi pueblo que perdía, le suplicaba a ése al que llaman Dios que me ayudara, y nadie contestaba. ¿Dónde están esos que perecieron honorablemente en justicia y bien? ¿Qué es de todos aquellos que estaban antes del padre de mi padre? ¿Realmente están mejor tras este horrible tránsito? Ahora estoy solo, el único en mi pueblo, el que ha llorado por todos y por el que nadie lo hará, y entiendo a los sabios de antaño, que hablaban con desprecio del mundo, menospreciándolo, y queriendo que se les acabara el tiempo, pudiéndose olvidar así de la supuestamente triste vida terrena. Sin embargo, incomprensiblemente, en el fondo de mi ser, sigo creyendo, sigo teniendo fe en algo o alguien, y no se trata de esperanza, sino de intuición. Se trata de esa luz suave al final del camino que me hace avanzar, y por la que he perdido todo. Todas estas cosas asaltan incansablemente mi mente, es mi único pensamiento, porque en el fondo así ha sido mi vida”.

Tras estas profundas reflexiones, el habitante de aquella torre le contestó: “No debes atormentarte de ese modo por la pérdida de tus seres queridos. Debes llorarlos, sí, pero no dejar de vivir por ello. No me corresponde a mí revelarte nada de su paradero, pero sí te diré que, por tu parte, debes estar orgulloso, pues pese a que la vida pasa rápido y ahora sólo recuerdes desgracias, también has pasado buenos momentos, y has recibido los elogios de todos. También te diré, viajero, que haces bien en tener fe y que, aunque debas recordar que el mundo terrenal no se hizo solo, lo que suceda en éste os corresponde a vosotros, y ya llegará el momento de juzgar vuestros actos. Ahora aprovecha el anochecer de tu día, anciano, y no tengas miedo. Aprovéchalo, que el sol se esconde rápido”.

Dicho esto, aquel solemne anciano desapareció, así como aquella torre y su agradable fuego y, cuando se quiso dar cuenta, el caminante no se encontraba ya en la cordillera perdida, en soledad ante el mundo, sino cerca de un grande y tranquilo río, bajo la luz de un potente sol veraniego. Entonces reflexionó cabizbajo sobre lo que le acababa de suceder y se dio cuenta de que aquel ser con el que había hablado era distinto. No parecía de aquel mundo, sino de aquella cordillera perdida. De hecho, había hablado como si estuviera en otro plano distinto al de los mortales. No sabía de quién se trataba, pero supuso que sería algún mago o ser legendario del que hablaban las leyendas y cantares. Lo que sí tenía claro era que le iba a hacer caso, pues parecía muy sabio, y decidió terminar su vida de la mejor manera, aprovechando cada segundo, pues sabía bien que se le haría corta.

 


 

Autor: Miguel Ángel Pujadas, alumno de 1º B de Bachillerato del Colegio Privado Engage (EIS).

Relato para su materia de Literatura Universal, a propuesta de su profesora Sandra.